
El Programa Académico de Contaduría Pública de la Universidad del Valle nace a mediados de los años setenta, década que estuvo caracterizada por un auge industrial y comercial, representado por el surgimiento de grandes empresas que exigían personal que se encargara del manejo de la información contable y financiera. La Universidad del Valle, para hacerle frente a la situación, creó mediante la Resolución 396 del 11 de diciembre de 1975 del Consejo Directivo, el Plan de estudios de Contaduría.
El Programa desde sus inicios se ha preocupado por contribuir al desarrollo económico, social y cultural del Valle del Cauca y del país, formando y educando Contadores Públicos que coadyuven integralmente a la modernización administrativa de las organizaciones públicas, privadas, con y sin ánimo de lucro. En tal sentido, el Programa ha buscado formular un currículo que garantice a sus estudiantes una formación integral[1], que facilite la adquisición de aptitudes, habilidades y destrezas para la resolución de las múltiples necesidades de información que tienen los usuarios del sistema de información contable y financiero. Su filosofía es y ha sido, formar y educar integralmente y en concordancia con las normas que reglamentan la profesión y la Resolución 3459 del 30 de diciembre de 2003 del Ministerio de Educación Nacional.
Actualmente, el Programa Académico de Contaduría Pública de la Universidad del Valle –Sede San Fernando, Cali– se ofrece en las jornadas diurna y nocturna, bajo la modalidad presencial. Acorde con los principios rectores de la Universidad del Valle y de cara a posibilitar el desarrollo de la región del Valle del Cauca, el Programa hace presencia en siete (7) municipios del Departamento: Palmira, Buga, Tuluá, Zarzal, Cartago, Caicedonia, Buenaventura, y un (1) municipio del Departamento del Cauca: Santander de Quilichao.
Al respecto el Proyecto Formativo de la Universidad del Valle, Acuerdo 025 del 2015, en el artículo 29 dice “Reconocer la diversidad de saberes, conocimientos y estilos del aprendizaje con los que llegan los estudiantes; hacer que éstos tomen conciencia de sus necesidades, potencialidades y del despliegue que pueden hacer de su autonomía, creatividad y compromiso con ellos mismos; y cualificar sus conocimientos prácticos, no conceptualizados, como parte de la responsabilidad que supone la formación integral.”. Adicionalmente siguiendo a Orozco, L. (1999, p. 27) el Programa entiende que la formación integral contribuye a enriquecer el proceso de socialización del estudiante, que afina su sensibilidad mediante el desarrollo de sus facultades artísticas, contribuye a su desarrollo moral y abre su espíritu al pensamiento crítico.